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Hacer de lo ordinario, algo extraordinario.

Recientemente asistí a un maravilloso congreso sobre filosofía comparada, en el East West Center de la Universidad de Hawai’i. Regresaba a México agotada, pero muy contenta: mi conferencia estuvo por lo menos a la altura, y hasta el “mero mero” me dijo “I’m impressed at the quality of your work”. “¡Ja!” Sentí. “¡Ja!”: ¡Me sentí feliz! Regresaba pues satisfecha de la experiencia de haber estado en Hawai’i, de haber conocido la música de Iz, de todo lo aprendido tanto en el ámbito académico como existencial.

En eso pensaba cuando se escuchó la voz del capitán: regresaríamos a Honolulu por problemas técnicos. La gente quedó en un silencio absoluto. Unos segundos después el avión giraba de regreso, y el capitán volvió a hablar: “Es posible que el avión pase por fuertes turbulencias, y que se sientan fuertes vibraciones, no se alarmen”. Eso ya nos alarmó un poco más. Las sobrecargos comenzaron a verse nerviosas. La gente les decía que tenían conexión con otros vuelos, querían saber qué sucedía, y ellas solo decían “I’m sorry, there’s nothing we can do”. Comenzaron también a hacer cosas tontas, iban y venían de un lugar a otro, y nos preguntaban, de manera individual y con una sonrisa exagerada, si queríamos algo, si teníamos hambre, si estábamos bien… Pobres, ¿qué podían hacer?: algo fallaba en el avión y estábamos en medio del Atlántico.

Comenzaron entonces las turbulencias. Las sobrecargos se sentaron con sus respectivos cinturones de seguridad. Evidentemente no eran turbulencias; eran vibraciones bastante raras… el avión estaba fallando. Comencé a respirar hondamente, tratando de no tener miedo, pero sí lo tenía. Y me pregunté: ¿Así será como acabe todo? ¿En un avión en medio del Atlántico? Me calmé pensando que la vida ya me había dado mucho. Si así será el final, pensé, pues así será. Y traté de recordar lo mucho que he vivido… el amor de mis padres, los dos hijos que la vida me dio, en el amor tan grande que he sentido por ellos, sus manitas cuando eran bebés, sus juegos y sus risas, su crecimiento, su ya comenzar a volar por cuenta propia… no está mal, pensé. La vida me ha dado mucho. Lamenté el dolor que podrían sentir ellos, y mis padres, y mi esposo, mis hermanos, mis amigas, mis alumnos… mi padre me había insistido mucho en que me cuidara, nunca lo había sentido tan temeroso y aprensivo… pensé en él… y me dolió pensar el terrible dolor que sentiría si no regresaba.

Durante esa hora y media de regreso a Honolulu me dediqué a estar en paz respirando hondamente. Si esto va a explotar, o a caer, o a lo que sea, pensé, prefiero estar lo más posible en paz. Quizá lo más desagradable fue el aterrizaje: ahí se hizo evidente que uno de los dos motores estaba mal. El avión se ladeaba más y más, se tambaleaba de un lado a otro. Cerré con fuerza los ojos, agradecí la vida, esperé que todo fuera lo mejor posible y me dije: ahí vamos.... No fue el mejor aterrizaje de mi vida, pero el querido capitán lo logró. Fue impresionante cuando nos vio bajar del avión; nos veía como un profesor de Kinder ve a sus pequeños, con amor y con orgullo: estaba muy conmovido. Era como si al ver a cada uno de sus pasajeros, se dijera a sí mismo: te he salvado. Yo sentí un nudo en la garganta, crucé la mirada con él y le di las gracias. Se veía agotado.

La tarde de ese día la pasé en la playa, viendo el mar, el cielo; me dediqué a sentir la arena, tan suave como nunca la había sentido, ¡qué suave es la arena! Me recosté a la orilla del mar, jugué con las olas como hacía muchos años no había jugado, me compré en la playa un vestido sencillo que me pareció hermoso, comí mariscos que sabían a gloria, las palmeras se veían tan verdes, el cielo tan azul, las nubes tan blancas, la gente tan hermosa, todo parecía tener un acento especial, como si fuera nuevo, como si… ¿Como si hubiera vuelto a nacer a un nuevo mundo? ¿Como si me hubiera sido concedida una nueva oportunidad?

Al día siguiente tomé el mismo vuelo, a la misma hora, con el mismo capitán. Así fue como la línea aérea nos recolocó y no había de otra. Tardamos una hora antes de despegar, no se nos dijo más que había que esperar… mi mente se veía arrastrada por un torrente de historias catastróficas, pero me descubría a tiempo y daba la vuelta a la hoja. Despegamos sin problemas, y ya de regreso, una vez que comprobamos que no habría más fallas técnicas, me di cuenta de algo que me pareció muy importante y que me motivó a escribir este pequeño texto.

Creo que vivimos cada día con una sensación lineal del tiempo, que nos hace creer que hoy es la continuación de ayer. Y no es así. Cada día es como haber sobrevivido a una falla técnica en un avión en medio del Atlántico. Cada día nos es concedida una nueva oportunidad. Podríamos morir de cualquier nimiedad, en cualquier momento. Un accidente, una enfermedad, una falla cardíaca, un acto de violencia, qué se yo… pero no: cada día el avión sale adelante y tenemos una nueva oportunidad, nueva: NO ES un día más que prolonga el día anterior. No es un día más que prolonga la vida anterior. Es una nueva oportunidad de hacer algo por una misma, por los demás, por la vida.

Eso es lo que siento ahora: ¿qué quiero hacer con esta vida que me ha sido concedida una vez más, que me es concedida a cada segundo, una vez más? No quiero vivirla con la sensación lineal del tiempo, quiero vivir cada instante ordinario de mi existencia de manera extraordinaria. Hoy no hice más que eso: jugué con mis perros, platiqué con mi hija, corté los papiros viejos de mi jardín, acomodé los nuevos. Pero corté papiro por papiro, con mucho cuidado. Acomodé papiro por papiro, con todo mi empeño. Los regué, les quité las hojas viejas. Me dediqué a hacer ese tipo de cosas ordinarias, con esa sensación de que la vida es algo extraordinario.

Eso es lo que quiero que sea mi vida. Siempre creí que vivir era cuestión de hacer cosas extraordinarias. Tener grandes proyectos, grandes amigos, grandes pensamientos, grandes aventuras, vivir al máximo las grandes experiencias. No, no es verdad. Hoy recordé unos versos de Serrat que dicen:

Supe que lo sencillo no es lo necio,
que no hay que confundo valor y precio,
que un manjar puede ser cualquier bocado
si el horizonte es luz y el rumbo un beso.

Pero creo que el horizonte sólo puede ser luz cuando el amor por la vida no es algo abstracto, sino un verdadero compromiso con ella. Y que el rumbo solo puede ser un beso cuando eres tú quien se ama a sí misma. Mi amiga-hermana Rebeca escribió sobre eso alguna vez y decía: hay que beber de las propias aguas como si fueran sagradas. Vivir tiene que ver más bien con ese sentimiento de la sacralidad de la propia vida, que es lo que puede llevarnos a hacer extraordinario lo ordinario. Para ello creo que hay que entregarse a cada instante con paciencia y con amor, y comprender que somos un avión cuyo vuelo tarde o temprano acabará. Quiero vivir esta vida ordinaria, ya no quiero ni grandes proyectos ni grandes experiencias. Quiero simplemente encontrar lo extraordinario de esta vida que me ha tocado vivir, y agradecerle a la vida, tanta vida. Quiero hacer de esta vida ordinaria, una experiencia extraordinaria: encontrar lo extraordinario de cada ordinario momento de mi vida… espero lograrlo!

Una historia verdadera


Las cosas discretas,
amables, sencillas;
las cosas se juntan
como las orillas.

Carlos Pellicer

Esta es una historia que me ha parecido muy bella, pero sobre todo es una historia verdadera. Y lo es en más de un sentido. Primeramente porque realmente me sucedió. Pero también lo es en un sentido más radical: habla de cosas que tocan el fondo mismo de la vida, de cosas reales, es una historia verdadera en el sentido en que algunas tribus indígenas hablan del hombre verdadero: es una historia verdadera porque habla de cuestiones que son verdades para vivir. Aclaro lo anterior porque a la vez es una historia sumamente sencilla y quizá en ello radica su belleza. Pero hablemos del evento, que sí fue un evento.
Puedo comenzar por aclarar que yo tengo dos hogares. A veces me siento muy bien en uno, a veces en otro. En uno vivo con mis hijos y su padre, que es un buen compañero mío. Mi cuarto está junto a la biblioteca, frente a un jardín que no es grande, pero es hermoso. Mis hijos y su padre tienen sus habitaciones en la planta superior de la casa. Cuando por alguna razón no se siento bien ahí, emigro como un cangrejo ermitaño. Esos animalitos sí que son inteligentes: buscan un caracol que los proteja y hacen de él su hogar. Cuando les incomoda, simplemente buscan otro. Pues así yo a veces emigro a mi pequeño pero hermoso estudio en el que he preparado ya todo un hogar. Cuando entro en el, ya le saludo con verdadero afecto, ya siento amor por él. Ahí recibo a Myriam para trabajar, o a los alumnos del proyecto que estamos creando en la UNAM, o simplemente a mis amigos cuando queremos bailar y gritar y reírnos a gusto. También ahí acudo cuando quiero estar en soledad.
Con esos antecedentes como telón de fondo, ahora sí cuento la historia. Una tarde, entraba a mi estudio para preparar la cena de despedida de mi amiguito Luis, un hombre precioso que también es un niño gitano que brinca, actúa, analiza y nos hace pensar. Luisito se regresaba a Andalucía, a su bella Granada, con sus calles maravillosas callejuelas, con su Alambra, sus gitanos, su cante hondo, sus barrios árabes, en fin: retornaba a Granada, la bella. Y yo le quería despedir con una cena en la que se sintiera en su casa, le quería decir: mi casa es tu casa amigo del alma, porque te quiero mucho. Porque Luis es un amigo de mi alma, un amigo verdadero y un verdadero amigo. A él le cuento mis tribulaciones y se toma el tiempo para pensar. Piensa, se pone en mis zapatos, y luego dice: ¿Puedo hablar? Y ante mi consentimiento, habla de mi, nunca de él, se pone en mi lugar, actúa ser Paulina, hasta que da con claves para la resolución de un problema. Una vez en una cantina el mesero se acercó a ver qué diablos pasaba, porque Luis se levantaba y gritaba: actuaba a ser Paulina. Entonces Luis le dijo al mesero: "No se preocupe, que estamos jugando". Y prosiguió su actuación. Ese es mi amigo, yo diría, mi hermanito Luis.
En fin, la cosa es que entraba al estudio para hacerle su despedida, cuando a lo lejos vi una pequeña mancha en la pared y me dije: eso no es una mancha: eso es un animal. Me acerqué dispuesta a corroborar el grado de peligrosidad de semejante bicho, cuando para mi sorpresa mi corazón se abrió, sí, como esas flores que se abren a cámara rápida en los programas de National Geographic… se abrió ante una muy pequeña catarina, o como también les llaman, una mariquita.
Quien sabe qué tienen esos animalitos que hacen surgir de nosotros los más sinceros sentimientos de simpleza, de una sencilla alegría. Yo creo que las catarinitas, al igual que el olor del pino de Navidad, nos remiten a un lugar en donde era muy fácil ser feliz. Ese lugar es la infancia, pero no quiero con ello mitificarla como “un lugar feliz”: yo conocí, como muchos, algunos de los infiernos de la infancia, y no quisiera nunca regresar a ellos. Pero los niños, cuando lo somos, como lo fuimos en esa noche en que despedí a Luisito, tenemos esa capacidad de ser felices ahí, en el momento. Podemos sufrir lo indecible, enfermedades terribles, torturas psicológicas: los infirnos de la infancia son quizá los más terribles. Ya adultos quizá los recordamos, pero no los volvemos a vivir con esa impotencia propia solamente de los niños y las bestias, que sufren sin poder defenderse, como un toro encerrado en una plaza sin saber qué hacer, porqué está ahí, porqué le hieren y hasta cuándo va a terminar el infierno, la burla que únicamente acaba con su misma vida. Es dolororso que no podamos darnos cuenta del dolor ajeno, sobre todo cuando involucra a niños y a bestias que son tan inocentes como incapaces de defenderse.
Pero una catarina está lejos de todo ello... y en manos de un niño hace brotar la sonrisa más franca y veraz, y si ella acepta caminar por la mano y quedarse caminando un rato de una mano a otra… ¡Qué felicidad! En esos momentos no hay nada más que la catarina. No hay tormentos, ni doctores, ni aparatos, ni ausencias que hieran, ni hermanos mayores que temer: todo es la catarina roja y pequeña, con sus lunarcitos negros, caminando felizmente en mi mano… así, precisamente así, es el pino de Navidad: su olor remite a un lugar en el que era muy fácil cambiar de estado de ánimo hacia la felicidad. El pino huele a expectativas cumplidas. ¿Qué es la vida? ¡Una muñeca Lily Ledi! Y sí: hela ahí. Días enteros sospechando que la caja envuelta en papel navideño escondía en efecto la muñeca, y ahí está, la saco de la caja, la abrazo, brinco de alegría, le pongo nombre. Sabrá dios porque a mi madre no le ha parecido correcto que se lo escriba con tinta indeleble en la frente:Alicia: ese es su nombre y ahora todos pueden saberlo porque lo dice su frente: eso es la felicidad, a eso me remite el pino de Navidad. Quizá por eso su olor me atrae y a la vez me duele: porque se que hoy no es tan fácil ser feliz. Pero de eso trata la historia de la catarina. Sigamos.
Con muchísimo cuidado tomé la pequeña catarina y corroboré que no podía volar. Ni siquiera podía caminar: se estaba muriendo. Me tomó un buen tiempo colocarla en una servilleta de papel sin lastimarla y de manera casi instintiva, me mojé la mano y le rocié diminutas gotitas de agua. Para mi sorpresa dio unos pasos. Entonces coloqué la servilleta en un plato verde, verde como el pasto, pensé. Tomé agua e hice un charquito a dos milímetros de ella. Caminó y creí ver que bajaba la cabecita para beber. Estoy alucinando, pensé. Corrí por mis lentes para ver de cerca, que son una especia de lupa, y entonces tuve el privilegio de observar a la pequeña bebiendo agua. Me emocioné mucho, pero no tanto como cuando comenzó a caminar. Despacito, caminó, exploró la servilleta, luego parte del plato, y regresó a beber agua. Emocionada corté una hoja del bambú y le puse una granos de azúcar moscabada. Y con mis lentes de superwoman, vi como bajaba su cabecita y se demoraba en el azúcar. Se demoró un buen rato, no podía ver si comía o no, pero entonces, señores y señoras, salió como Fitipaldi por toda la servilleta y recorrió el plato verde con una energía y un contento que inundaron todo el apartamento.
Sonó entonces el timbre. Eran mis amigos. Yo ni siquiera pude recibirlos y tomar las cosas que traían para la cena, solo les dije: ¡Vengan, vengan pronto a ver esto! Todos se demoraron en la catarina; escucharon la historia y corroboraron como bebía agua. Fueron testigos de su fallido intento de volar: no podía sacar bien las alitas. Juntos deliberamos si debía dejarla en el estudio o sacarla a la jardinera de mi terraza, en donde unas plantas silvestres ya completamente secas ocupan el lugar de las que yo aun no he sembrado. La decisión final fue dejar ahí a la catarina, en esa inhóspita jardinera, y así lo hice. Pasamos la noche jugando como niños pequeños: a ratos atravesábamos las honduras del pensamiento, para de repente bailar como locos o ponernos a actuar para que los demás se carcajearan con nuestras actuaciones. Fue una noche feliz, muy feliz. Cuando se fueron, decidí que estaba cansada y me quedé a dormir ahí.
Al día siguiente llegó Myr a trabajar en una serie de documentos absurdos que tengo que preparar para no dejar de ganarme la vida haciendo lo que me gusta: dar clases y filosofar. Después de un rato de trabajar la invité a salir a la terraza a fumar un cigarrito. “Debe estar calientita porque le da el sol” le dije, y como hacía mucho frío, pues nos salimos a la terracita, que en efecto estaba calientita. Me senté en la orilla de la jardinera e iba a limpiar con la mano un lugar junto a mi, para invitarla a sentarse, cuando la vi: mi catarinita iba caminando felizmente por la orilla. Emocionada se la mostré a Myr y le platiqué toda la historia. La tomé, se subió de inmediato a mi mano, y entonces Myr me dijo ¿no debiéramos sacarla al jardín? Abrí la puerta de mi terraza, que da a un pequeño pero muy cuidado jardín y, catarina en mano, fui por la manguera, limpié lo básico, podé un poco, y sí: dejé a la pequeña en el jardín. La última vez que la vi ahí andaba, comenzaba a volar si acaso unos centímetros. No se si sus alitas se estaban mejorando o si simplemente era una bebé creciendo poco a poco.
Pero la reflexión final surgió cuando le conté esta historia a un querido amigo ya mayor, que malhumorado me dijo: cómo se ve que no tienen nada que hacer. Lo único que respondí fue: Pero sí, que tengo muchísimo trabajo… porque en verdad lo tengo, mucho, muchísimo, demasiado, diría yo. He ahí la cosa: ¿por qué demorarme entonces en una catarina, porqué demorarme en contar su historia, nuestra historia, una y mil veces a cada persona y, no siendo suficiente, venir a escribirla acá?

Porque las cosas sencillas que en verdad nos gustan que nos llaman de manera natural, como una catarina o antaño una muñeca Lily Ledi, son las que aun pueden darnos un poco de felicidad. Solo que eso no lo sabemos y cuando nos lo dicen, no lo creemos: tenemos que vivirlo. Las cosas discretas, las cosas sencillas, si logramos que se nos peguen y ser con ellas una breve orilla, crean una nueva perspectiva de la vida: son la vida misma. Buscamos “grandes” aventuras, “grades” viajes, “grandes” amores, supuestamente para darnos cuenta de que estamos vivos, de que somos osados, de que somos amados. Pero no funciona… ¿porqué? Por que lo que hace grande o pequeña una aventura, un viaje o un amor, es la capacidad de aceptar y amar las cosas sencillas que se dan sin más, y darles aire, permitirles existir en la ligereza de la alegría. Cuando a una aventura, a un viaje o a un amor le falta la ligereza de la alegría, y no nos hace reír, y no nos abraza como a la vida misma, y no nos hace sentir la intimidad de la vivencia más honda, cuando no hay, en resumen, alegría sino sentimiento de ausencia y de lejanía, es que algo anda mal: no se están valorando las cosas sencillas, las cosas discretas. No hace falta tener grandes aventuras, ni viajes, ni amores, ni nada. Hace falta ser capaz de darle a nuestra existencia el aire, el respiro de ser feliz en las cosas sencillas que nos atraen de manera natural. A unos nos gustan los animales. A otros las caminatas, otros más disfrutan la música, la escritura o las palabras. Pero esas cosas sencillas que nos llaman de manera natural, son las que pueden darle sustancia a nuestras vidas. Y son las que acaso podamos compartir con nuestro iguales, con aquellos que aman y se demoran en esa mismo tipo de cosas sencillas. Y sí la clave está, como decía Pellicer, en juntarnos con ellas, como dos orillas.
No se qué haga en este instante mi pequeña catarina. Pero en mi dejó la presencia de su pequeño caparazón rojo y de sus alitas intentando volar: dejó la presencia de las cosas sencillas que ma atraen y me gustan de manera natural. Por eso he venido aquí a contar esta historia, así quizá otros más se dejen llevar por las cosas amables y sencillas que les llaman de manera natural...

Tomás y las palabras

Dice mi querido amigo Tomás Pollán, que él retoma la distinción entre amigos, conocidos y saludados. Ayer, con él y mis amigas, reímos mucho y disfrutando de una cena al aire libre. Reímos como solemos hacerlo cuando estamos entre amigos, con Tomás. "Entrañable" es una palabra que define bien el sentimiento que Tomás provoca en las personas. Es una gente que uno la siente así: entrañable. Vaya usted a saber la razón por la que pocas personas nos hacen sentir eso... Quizá sea que la inteligencia brilla e ilumina al otro cuando en ella anida el sentido del humor, y para eso, como para muchas otras cosas, Tomás se pinta solo. Pero lo que quiero reflexionar aquí tiene que ver con algo que me comentó este singular amigo mío (que no conocido ni saludado, sino amigo): algo que me ha dejado pensando.
Tomás ama las palabras. Puede ser feliz horas y horas en compañía de su Liddell-Scott y su Corominas. Me imagino que ese es uno de los muchos gustos que compartimos... estando de viaje yo también suelo extrañar esos diccionarios, y anhelo regresar a ellos para consultar palabras, para que me hablen las palabras, para que me expliquen su verdadero significado...
Me dice Tomás que son dos los posibles orígenes de la palabra "solo" y por lo mismo de sus derivados "soledad", "solitario" y demás. Y esto resulta más que interesante, pues ambas posibilidades remiten a algo muy positivo... La primera sería holon, esto es, olon con espíritu áspero, de donde viene "holístico" ser completo, o como dice Octavio Paz, completud. Ser o estar solo es estar completo... la otra posibilidad remite al mismo vocablo de donde viene la palabra "salvado" o "salvar": estar solo sería estar a salvo...
¿Cómo hemos llegado entonces a temer la soledad o a verla como algo negativo? Hablo en plural y no debiera, pues por supuesto existen aquellos que aman la soledad. Marguerite Duras, por ejemplo, decía que ella misma había construido su soledad, para lograr hacer lo que deseaba hacer, a saber, su obra. Y bueno, como ella muchos han alabado la soledad, de hecho toda la filosofía de Nietzsche y Heidegger son de alguna manera un canto a la soledad.
Me imagino que en esto sucede como en todo: hay diferentes tipos de soledad. Hay soledades malsanas en las que el individuo se ensimisma y se encierra en sus propios laberintos y en sus propias torturas. Hay en cambio soledades en las que, como fruta al sol, el espíritu crece y madura. No hay una forma de estar solo, existen múltiples maneras de vivir o crear la soledad. Y la que me interesa es esa que mi querido Tomás cree factible derivar y por lo mismo relacionar con el estar completo y el estar a salvo. Sola, completa y a salvo serían tres sinónimos cuando la soledad no nos hace vegetar, sino madurar. Nietzsche decía que el Sol que se requiere para madurar en soledad, es el amigo: un amigo lejano, y a pesar de ello siempre presente.
Y con esto comprendo algo que no terminaba de ver: la razón por la que comencé a escribir esto hablando sobre la distinción entre amigos, conocidos y saludados. Yo creo que un amigo es un hermano cuyos padres no son los mismos que los tuyos. Pero volviendo a nuestras amadas palabras, el vocablo "hermano" viene del latín Germanus, que significa "verdadero, natural, auténtico". Un conocido o un saludado no requiere veracidad ni autenticidad alguna. El saludo "¡Hola! ¿cómo estás?" ante un conocido, no es más que una mera formalidad: nunca esperamos que nos diga cómo se encuentra. En cambio la misma fórmula, cuando viene de labios de un amigo, llega directo al fondo y no podemos evitar sonreír si estamos bien, o callar con dolor si estamos mal. El amigo sabe de inmediato cómo estamos: al Germanus no se le puede mentir, y cuando se intenta hacerlo, él siempre sospecha que algo se esconde, él sabe que mentimos pues dejamos de ser Germanus, hermanos, en ese momento.
En fin, no es mucho lo que he escrito, ni tiene una sola idea desarrollada de manera lógica... más bien he picado aquí y allá diferentes temas. La soledad, la hermandad, Tomás, la amistad... pero a veces así pasa. Una no escribe siempre igual. Que vuele pues al ciberespacio esta reflexión. Quizá encuentre algún cibernauta al que le sea útil o en el que haga anidar algún pensamiento...

Desvariaciones sobre un tema de Paulinini

Para Myriam

A raíz de mi comentario sobre la película “Origen” Myriam, mi ayudante en la UNAM, me hizo ver algo fundamental. “¡Escríbelo en el blog!” le dije. Pero no lo hizo, lo cual es una lástima, porque tiene un punto muy importante… De ahí que las palabras que siguen no son en sentido estricto mías, yo solamente las transcribo debido a que esta ocasión una especie de timidez parece haberla conducido a la agrafía que nos priva de su delicada y fina sensibilidad.
Myriam considera –y hace muy bien- que la clave de toda la película y de todo lo que yo traté de decir, radica en las palabras que el personaje principal le dice a la amada: se que tú no eres real, que esto es un sueño, porque no tienes la complejidad de ella.
Kavindu, mi maestro, insiste en ese punto clase tras clase: filtramos la realidad, la sesgamos, la depauperamos, y con ese mínimo que queda, así de pobremente, la etiquetamos. Para poder “funcionar” en la vida cotidiana, cometemos el error de tomar la parte por el todo. Y luego, fijamos esa parte, la congelamos, ¡y nos la creemos!: nos quedamos con una fotografía estática que no es la persona verdadera, una foto que a duras penas la representa. O más bien la pseudo representa, porque la persona que está en el presente, no es la misma que la del re-presente. El re-presente en el cual re-presentamos, lo que se re-presenta aparece como un ser muy menguado, muy poco complejo, y sobre todo, muy etiquetado y como tal, estático, inamovible. La vida no es así. La vida es flujo constante.
Había pues comenzado a escribir sobre esto, cuando hoy me encontré con Myriam y Jorge, en Nalanda. (Mi abuela decía: Dios los hace y ellos se juntan). Comentamos eso otra vez en torno a “Origen”, y hablamos de cómo la realidad es ese flujo incesante, mientras que el recuerdo es la mera imagen casi congelada. Y Myr dijo: “Pero es que vivimos atrapados en un mundo de imágenes”. Y he ahí la cosa, ya lo dijo Heidegger: vivimos en la era de la imagen del mundo, en la cual todo es imagen: y esto es así, hasta lo grotesco. Hay mujeres y hombres que estudian y enseñan “diseño de la imagen”. Los políticos diseñan su imagen. La gente vota por una imagen. Los hombres y mujeres nos vestimos de una cierta manera y no de otra, y proyectamos en efecto una imagen. Hay quienes creen que conocen a la persona con ver su fotografía, como si no existiera ningún misterio detrás de ella, como si la imagen lo fuera todo. La época de la imagen…
Viene entonces al caso que cuente aquí que anoche estuve el programa de Fernando Rivera Calderón, ese músico, filósofo, poeta y loco que dirige el programa “La noche W”. Íbamos a hablar sobre Taoísmo. Cuando me preguntó cómo sería una sociedad taoísta le hablé del individualismo taoísta, de la imposibilidad de socializar el taoísmo, de cómo este era una repuesta casi anarquista al confucionismo.
Pero la verdad es que luego, platicando con Arturo, me di cuenta de que eso no es verdad. Arturo me hace pensar mucho. Tiene una inteligencia poco usual, medita, hace yoga, estudia budismo y pasamos horas hablando de esto. Platicando con él me di cuenta de que una sociedad taoísta de ninguna manera permitiría la publicidad que genera deseos adquisitivos en el individuo. Para Lao Zi, por ejemplo, el robo, que es un gran mal para toda sociedad, lo ocasiona la exhibición de objetos que no están al alcance de todos. Exhibir esos objetos genera un deseo insano de poseerlos, y por eso a aquellos que les está vedado satisfacer ese deseo, roban. Un sociedad taoísta sería bastante más simple en todo, hasta en lo más elemental: condimentaría menos la comida (Cf. Tao Te King, o François Jullien, Elogio de lo insípido) y buscaría la satisfacción de los deseos más simples y naturales (lo que los taoístas llaman pu) de manera bastante cercana a Diógenes.
Hoy resultaría impensable un individuo que viviera al estilo de Diógenes. Tratemos de imaginar de manera actualizada lo sucedido entre él y Alejandro Magno. Imagínense un homeless gringo o un desposeído mexicano o de cualquier nación: es igual. Imagínense que llegara Obama o Calderón (que se quedan chiquititos junto a Alejandro Magno, en todo) y le dijera:
“Buen hombre, dime qué puedo hacer por ti. Pide y lo que pidas te será concedido”
¿Se imaginan al pobre hombre diciendo: “Te pido que te hagas a un lado porque me estás tapando el Sol”? No: pediría casa, comida, ropa, electrodomésticos, muebles, coche, chofer, una computadora, televisión, en fin... estamos muy lejos de los valores taoístas. Condimentamos todo con avidez: desde la comida hasta la diversión... pocos son placeres naturales y sencillos.
Myriam y su comentario a la película me lleva a pensar que si vivimos, como decía ella, atrapados en un mundo de imágenes, difícilmente podemos soltar la imagen que tenemos de todo lo que vemos, y eso nos incluye que difícilmente podremos soltar la imagen que tenemos de nosotros mismos. Ser “la Doctora” o “la señora”, “el director”, “el jefe”, o lo que sea, es un falseamiento radical. Funciona para la vida diaria, pero quien se lo cree, se pierde a sí mismo en la etiqueta. Por que una, o uno, siempre es más complejo, más enriquecedor, mas “más”, que un título, por honorario o por miserable que éste pueda ser.
Podemos saber que vivimos en un mundo de sueños, el cual incluye, por cierto, las pesadillas, cuando aquellos en quienes pensamos –o incluso aquello a quienes vemos- no son complejos, sino que los podemos etiquetar y definir fácilmente. En el mundo real, nada es definible, todo fluye, sí: Heráclito y hasta Cratilo.
Pero si en el mundo real nada es definible, sí puede en cambio ser amable, claro, en el sentido más radical de la palabra. Amable, es aquello que se puede amar. La karuna, la compasión como la entiende el budista, es la aceptación y el amor a uno mismo y a todo lo que existe en toda su complejidad, es lo que puede distinguir la vida, del sueño. Creo… hasta donde voy, eso es lo que creo.
Un ayudante de profesor teóricamente ayuda al profesor a calificar, a dar clases ocasionalmente: así el ayudante aprende a hacerse profesor. Pero mi ayudante se ha convertido en mi maestra. Ella me enseña cosas que muy pocas personas pueden hacerme comprender. Y lo más curioso es que lo hace siempre sonriendo, como si dijera cualquier cosa. Como si recitara una composición sobre los insectos en un concurso de retórica japonesa… Es cuando comprendo lo que es inclinarse ante alguien con agradecimiento y amor: no es un ritual impuesto, sino algo que sale de manera auténtica en contadas ocasiones. Gracias Myr, por tantos años de compañía y de ayuda más allá de aquella que tan puntualmente realizas día con día en la Universidad. Gracias por no conformarte con ser mi ayudante y ser, ante todo, mi amiga.

Di Caprio, Borges, Nietzsche y el sueño de Zhuang Zi

Dedico este breve escrito a mi maestro Kavindu

El parágrafo más afamado de Los capítulos interiores de Zhuang Zi es aquel en el cual el filósofo chino despierta y dice: “Soñaba que era una mariposa que volaba, y ahora que despierto, no se ya si soy una mariposa que sueña que es Zhuang Zi.”

Que la vida sea un sueño, para todo hispanoparlante medianamente culto es casi un lugar común. De inmediato surge en nuestra mente la bella frase de Calderón de la Barca: la vida es sueño y los sueños, sueños son. Pero ya creer en serio que la vida es sueño, me molesta, me incomoda: siempre me ha irritado. Diga lo que diga Descartes, yo se, yo se que esto no es un sueño. No es igual que sueñe la muerte de mi mejor amigo, a que en efecto muriera. La diferencia es abismal. Si lo sueño, al día siguiente le llamo y se lo cuento, le digo que quiero verlo, en fin: ahí está él, tan completo como ayer. Si muere, no puedo ya más contarle nada, ni abrazarle, ni decirle lo mucho que le quiero.

A quienes nos hemos detenido en esa pregunta desde el ámbito filosófico, esa idea nos da cierta comezón. Pensamos por lo general en René Descartes, el genial filósofo francés que se obsesionó con encontrar la manera de lograr certeza acerca de esta vida y de lo que en ella conocemos. Una vida en la cual yo soy yo y tú eres tú y en la cual ambos sabemos a ciencia cierta, que esta vida no es un sueño. La certeza la encontró en la duda misma: dudo, ergo, pienso; pienso, ergo, existo… y conozco el mundo de una cierta manera que me da certeza… A Zhuang Zi este razonamiento le hubiera parecido una verdad de Perogrullo.

Por su parte, Heidegger encontró un camino diferente a la duda cartesiana. El escándalo para él no radica en la ausencia de la certeza o de la respuesta a la pregunta por mi existencia y mi relación con el mundo, sino en el hecho de que sigamos formulándonos esta pregunta. Se que existo y se que conozco el mundo porque al ser humano, el simple hecho de “ser en el mundo” me da ya una cierta intimidad ontológica con éste, y por lo mismo una cierta certeza intuitiva de la cual no es necesario dudar. El escándalo es que desconfiemos de esa intimidad inmediata. Lo lógico no sería preguntar cómo es que conozco el mundo y si en verdad esta vida no es un sueño: lo lógico sería preguntarnos porqué a ratos se rompe esa intimidad con el mundo y acontece la duda o el error.

Y sin embargo, es espléndido poder escribir sin ataduras académicas, y contar aquí lo que me ocurrió al salir de la película “Origen” de Di Caprio. Cotidianamente salí diciendo lo usual: “¡Uf, qué loca! Total que ella no se quedó en el sueño, pero creía que sí estaba en el sueño: la semilla de esa idea jamás la abandonó… y él, en cambio… bla bla bla…” Caminé unos pasos y entonces todo comenzó…

Recordé que Borges creía que los sueños compartidos existen: ellos son la realidad. Entonces miré a una pareja que parecía discutir, pero de inmediato soltaron ambos una carcajada y se abrazaron. Una señora parecía triste y de la nada una sonrisa iluminó su cara y algo comentó al hombre que la acompañaba. ¿La acompañaba? ¿Él a ella? ¿Ella a él? Comenzó mi viaje: soy yo quien interpreto cada rincón que veo, cada rostro, cada persona y luego los etiqueto. Ése es gordo, aquel otro está triste, esa pareja luce agobiada, esa otra está enamorada… ¿si? Y no solamente eso: mi madre me quiere de tal y tal manera, mi padre de tal otra, mi hermano mayor piensa esto de mi, mi otro hermano piensa otras cosas, mis hermanas creen que… mis alumnos creen que yo… mis amigos son así, mis enemigos asado… ¡Tengo todo un mundo etiquetado, en el cual a cada personaje que lo habita, le he asignado un rol! He construido un mundo en el cual conservo referentes fijos de mi infancia, juventud, de cada momento y cada persona que se ha asomado a mi vida… y de las que no, también!

Claro que no lo he hecho sola… me baso en actitudes que los otros han tenido hacia mi en el pasado. Pero justo eso: sus actitudes ya no existen más, ni yo soy la que era, ni ellos son los que fueron… Eso que fueron, es algo que ya no existe, es algo que habita en mi mente como un recuerdo, no tiene realidad alguna, o tienen la misma realidad que… un sueño! Eso, es solo un sueño. La vida entonces ¿es sueño? Me niego, digo no, yo estoy aquí, soy sólida, no me desintegro en el aire… ¿no? En efecto, por un microsegundo Universal, eso es verdad: la vida no es sueño, es instante. ¡Heráclito! …nunca podemos entrar dos veces en el mismo río, porque nuevas aguas corren tras las aguas. Ahora entro, salgo, de inmediato vuelvo a entrar: el agua que tocó mi cuerpo ya va lejos, muy lejos. Y no solo eso: mi cuerpo ya es otro, ya perdió células de la piel con tan solo rozar el agua… y yo soy otra, nuevas sensaciones me hacen pensar en nuevas cosas, he cambiado, no soy ya igual… ¿soy la misma? ¿O Cratilo?: el río ¿existe siquiera? ¿No “río” es acaso ese el nombre que le hemos dado al flujo incesante de agua que siempre está en perpetuo cambio? ¿No son nuestros conceptos meras etiquetas que requerimos para no caer en el vacío de la nada? ¿No son nuestras palabras una forma de asirnos a un pretil que nos permita encontrar fijeza, que nos de la sensación mínima de una cierta seguridad? Y entonces recordé un parágrafo de Nietzsche, mi amado Nietzsche:

“Cuando el agua tiene maderos para atravesarla, cuando existen puentecillos y pretiles sobre la corriente: en verdad, allí no se cree a nadie que diga: «Todo fluye»

Hasta los mismos imbéciles le contradicen. «¿Cómo?, dicen los imbéciles, ¿que todo fluye? ¡Pero si hay puentecillos y pretiles sobre la corriente!

Sobre la corriente todo es sólido, todos los valores de las cosas, los puentes, conceptos, todo el ‘bien’ y el ‘mal’: ¡todo eso es sólido!» -

Mas cuando llega el duro invierno, el domeñador de ríos: entonces incluso los más chistosos aprenden desconfianza; y, en verdad, no sólo los imbéciles dicen entonces: «¿No será que todo permanece - inmóvil?»

«En el fondo todo permanece inmóvil» -, ésta es una auténtica doctrina de invierno, una buena cosa para una época estéril, un buen consuelo para los que se aletargan durante el invierno y para los trashogueros.

«En el fondo todo permanece inmóvil»: - ¡mas contra esto predica el viento del deshielo!

El viento del deshielo, un toro que no es un toro de arar, - ¡un toro furioso, un destructor, que con astas coléricas rompe el hielo! Y el hielo - - ¡rompe los puentecillos!

Oh hermanos míos, ¿no fluye todo ahora? ¿No han caído al agua todos los pretiles y puentecillos? ¿Quién se aferraría aún al «bien» y al «mal»?

«¡Ay de nosotros! ¡Afortunados de nosotros! ¡El viento del deshielo sopla!» - ¡Predicadme esto, hermanos míos, por todas las callejas!

Existe una vieja ilusión que se llama bien y mal. En torno a adivinos y astrólogos ha girado hasta ahora la rueda de esa ilusión.

En otro tiempo la gente creía en adivinos y astrólogos: y por eso creía «Todo es destino: ¡debes puesto que te ves forzado!»

Pero luego la gente desconfió de todos los adivinos y astrólogos: y por eso creyó «Todo es libertad: ¡puedes puesto que quieres!»

Oh hermanos míos, acerca de lo que son las estrellas y el futuro ha habido hasta ahora tan sólo ilusiones, pero no saber: y por eso acerca de lo que son el bien y el mal ha habido hasta ahora tan sólo ilusiones, ¡pero no saber!”

La vida es aquí y ahora, es este instante en que escribo cada letra… ¡No! Es este instante en que tengo la intención de tocar con la punta de mi dedo una tecla para escribir una letra que forme una palabra para lograr un discurso que tú leas y creamos ambos que hay algo más que un sueño… La vida transcurre únicamente en el instante. Todo lo demás, el pasado y el futuro, solamente existe en mi mente… de manera muy similar a como existen los sueños: en mi mente. Todo lo demás, todo lo que no es “instante”, es como un sueño: tiene la misma consitencia que un sueño.

Hasta ahí voy, Kavindu. Ya casi, casi, casi, puedo decir: la vida es sueño.

La cotidianidad

Hoy leí la publicación que Livi y Alberto hicieron en Facebook sobre la vida cotidiana. Livi la escribió a raíz de un comentario de Alberto Constante, en el que contaba lo agradable que le resulta la vida diaria. Comentó detalles sobre su canario, el cual fue un regalo de su abuela: de cómo cada mañana hay que cambiar el papel, limpiar la jaula, cómo cada noche lo cubre del frío, en fin: cuenta su amor por los actos cotidianos. Alberto habló de su gatita huraña, y de cómo su presencia le hacía feliz.
Me impresionaron mucho estos comentarios porque por lo general la cotidianidad es vista como algo negativo. La cotidianidad suele verse como la tumba de una relación amorosa, o como lo más cercano al tedio y al aburrimiento. Y sin embargo lo que Alberto y Livi transmiten es un amor tan sereno como desbordante por los pequeños actos cotidianos que conforman su existencia.
En el Taoísmo de Lao Zi, hay un concepto clave que se traduce como "saber conformarse". Este no tiene nada que ver con un mero "conformismo", sino más bien con saber vivir con aquello que nos rodea y cuidarlo, amarlo. Creo que esa es la enseñanza de Livi y Alberto. Él cuida a su huraña gatita y le conmueve su presencia. Ella se ocupa de una pequeña ave, regalo de su abuela, (a quien ya adivino muy amada por Livi). Parece no faltarles nada más...
Me parece que ambos tienen un secreto. El amor a la vida no es nada más un amor desmedido a los grandes momentos, sino el amor a los más pequeños y cotidianos componentes de ella. Creo que el ser humano constantemente busca grandes momentos, grandes amores, éxitos sublimes, y no ve lo más importante: el musgo que crece entre la piedra.
¿Porqué? Yo creo que dejamos de ver las cosas no solo cuando nos habituamos a ellas, sino cuando estamos descontentos. Se hace entonces un círculo muy vicioso, en el que el descontento genera más descontento... ¿cómo romperlo? Me imagino que si uno es creativo pueden existir múltiples formas de hacerlo. Pero creo que las únicas eficientes son las que tienen que ver con la relación que uno tiene. o en mi caso, que una tiene con una misma. El amor y el contento no se pueden sentir, por más que se nos otorguen, si no tenemos primero ese amor y ese contento de uno para uno mismo. En lo personal, meditar me ha ayudado mucho, gracias a que encontré un gran maestro, quizá conocido por muchos de ustedes: Kavindu.
Pero debo de decir que con todo, no me resulta fácil. La insatisfacción en mi vida suele ser un huésped tan usual como poco deseable... y creo que el único camino posible es la aceptación y sí, el amor que una pueda llegar a sentir por una misma. Estoy en el camino, y desde él, doy gracias a Livi y a Alberto por mostrar tanta belleza!